Fiel a su estilo, Montero Glez irrumpió
en la Feria del libro de Cádiz como lo habría hecho su alter ego El Charolito.
«Con garbo de torero suburbial y
repeinado, curtido en la alta noche a punta de capote, directo a probar suerte*».
Tomo asiento ante un auditorio ansioso y calibró los rostros que le observaban
con curiosidad y un punto de candidez, esa que le hace tan peculiar, mientras
su amigo Daniel Heredia le dedicaba unas palabras afectuosas y se refería a él
como «un genio de la literatura, único y especial, al igual que Camarón de la
Isla lo fue del flamenco».
Heredia calificó Talco y bronce como
una novela quinqui, incómoda, escrita a base de cristales rotos y que muestra
la cara más oscura de la transición. Una trama suburbial de corte negro que
además encierra una historia del amor más puro que se puede encontrar. Una
novela, por tanto, tan negra y dura como la reputación de su autor, al que considera
un narrador excepcional con una prolífica obra a la espalda.
Montero
Glez tomó la palabra para alegar que al morir Franco en España se trató de
pasar página, en plan «aquí no ha pasado nada», y que los hijos del franquismo
corrieron a refugiarse en partidos políticos. Su mirada restalla al hablar de
la lucha de clases. «Mi generación no luchó», afirma, «y se perdieron muchas
cosas. Por eso me emocionó tanto el movimiento 15-M». Cuenta que en Talco y
bronce trata de reflejar la realidad de la mafia policial de los años 80 y de
«encender una cerilla con la que iluminar los rincones más oscuros del género
negro». Al mismo tiempo sostiene que su novela es ante todo una historia de
amor, «pero de amor verdadero, de la calle, no de los salones».
Cuando Heredia le pregunta sobre aquellos
años, Montero es tajante: «Fue una época oscura y siniestra. Se introdujo la
heroína para adormecer a la población y se utilizó la inseguridad ciudadana
para dominarnos». Según el escritor, «nos vendieron miedo como pantalla de humo
con la que ocultar los verdaderos problemas de una sociedad corrupta». En este
sentido, elogió el trabajo del cineasta Eloy de la Iglesia, quien a través del
llamado cine quinqui «dio significado
político a una clase social, al proletariado».

En un momento dado Daniel Heredia cambió
de tercio y le preguntó su opinión sobre la novela negra actual, a lo que
Montero respondió de forma tajante: «Ha degenerado un montón». No cree que se
haya vuelto a hacer buena novela negra desde las magistrales obras de VázquezMontalbán, Juan Madrid o Eduardo Mendoza con La verdad sobre el caso Savolta. «Aquello se abandonó con la
llegada del socialismo», dice, «y todos se dedicaron a escribir novelas
aburridas y sosas». Sin embargo, señala que actualmente está empezando a
florecer una nueva novela negra que vuelve a los orígenes y que hay muy buenos
autores de novela policiaca, «aunque sea por cuestiones de mercado». Aprovechó
para dedicar unas palabras elogiosas a Lorenzo Silva, autor al que admira
«porque es capaz de retratar a policías buenos, algo que yo soy incapaz de
hacer. Para mí todos los policías son malos».
Antes de finalizar el acto, Daniel
Heredia aprovechó para reivindicar la obra de Montero Glez y preguntarle si la
editorial que acababa de ficharle, perteneciente al grupo Anaya, iba a recuperar el resto de sus
libros, a lo que este respondió que «La uniformidad editorial es necesaria para
los autores, pero apenas quedan editores que puedan llamarse así. Las
editoriales están llenas de gente más preocupada en conservar su puesto que en
hacer bien su trabajo». Explicó que durante los últimos quince años ha sufrido
un boicot editorial que ha hecho que se le cerraran muchas puertas, pero cree
que pronto volverán a abrirse porque «La persona que me boicoteó está perdiendo
fuerza, así que espero que toda mi obra vuelva a editarse».
Montero Glez aprovechó para apuntar que
escribe para ser leído y que le encanta que le pirateen, sobre todo en
Latinoamérica, porque allí tiene muchos lectores que no tienen otra forma de
acceder a sus libros. Afirmó sentirse emocionado cada vez que va a una
biblioteca y comprueba que su primera novela, Sed de champan, sigue siendo de las más leídas y demandadas, lo que
le convierte en «un autor de largo recorrido, ajeno a las modas o las campañas
de promoción».
Al referirse sus lectores dedica unas
palabras afectuosas a los presos del penal de El Puerto de Santa María, donde
sus novelas son muy leídas. «Soy un bestseller en las cárceles», presume entre risas, y no parpadea al afirmar que
sus novelas de tapa blanda son muy demandadas por los presos, que las leen y se
las cuentan unos a otros. «Las de tapa dura están prohibidas, porque pueden
utilizarlas para confeccionar armas y punzones».
Con esta última reflexión abandona el
escenario y «cree poner el pie sobre
mármol, nácar y cristal de Venecia, todo ello bañado con la cremosa luz de los
dineros*». Todavía abotargado por su discurso, uno no puede evitar imaginar
a un preso leyendo Sed de Champan en
su celda, disfrutando de las aventuras de El
Charolito para después, con la paciencia de los que no tienen nada que
esperar, aprovechar las tapas de la novela para fabricar un cuchillo artesanal
con el que defender la vida, el honor o lo que cada uno quiera defender. Bien
visto, no es un mal final para una novela de Montero Glez. Casi se diría que es
el final más lógico que podría tener.