Dicen
que cuando uno llega a lo más alto comienza el verdadero desafío, ya que es
cuando debe plantar cara y demostrar que está ahí por méritos propios. El
Premio Hammet es una cumbre formidable, un ascenso de vértigo capaz de menguar
a los más experimentados en estas lides y cuya importancia impele a esperar
grandes cosas de quienes lo consiguen. Con Las flores no sangran, Alexis Ravelo no sólo demuestra que está allá arriba por méritos propios, sino que
aprovecha para reivindicarse como uno de los narradores más originales y
prometedores del panorama nacional (como ya avisé hace tiempo AQUÍ).
Y es que
cuando un puñado de granujas sin oficio ni beneficio se proponen llevar a cabo
el golpe de sus vidas, hay tantas cosas que pueden salir mal que uno no llega a
entender cómo se les puede haber ocurrido meterse en semejante berenjenal. Por
eso, al avanzar en la lectura el lector no puede evitar desesperarse, menear la
cabeza a cada momento y repetirse una y otra vez «esto no puede terminar bien».
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Alexis Ravelo, Premio Hammet 2014 |
Si de un
combate de boxeo se tratase, a un lado del ring tendríamos a los eternos
perdedores, de nombres tan suculentos como el Marqués, el Flipao o el Salvaje.
Al otro los esperarían el magnate Isidro Padrón, su socio Marcos Perera y un
misterioso ruso de nombre impronunciable, y no impronunciable por lo difícil de
su traducción, sino por el miedo que parece suscitar en cuantos le rodean. Su
séquito de matones terminan de componer un cuadro kafkiano en un combate que parece
claramente desnivelado a favor de los segundos aunque, como en la vida misma, las
cosas no salen siempre como uno espera.
A los
personajes de Ravelo se les llega incluso a coger cariño, por la simpleza de
sus razonamientos y la ingenua torpeza con la que demuestran que no tienen nada
que perder. Canallas cuyo destino a corto plazo no puede ser otro que el
presidio o algo peor. Un fatalismo que se ha convertido en santo y seña de sus
novelas y que demuestra un profundo conocimiento de la mente humana en su
faceta más elemental.

Sólo me
queda advertir que la lectura de esta novela debería estar vetada a los pobres
de espíritu, a los simples, a los ingenuos y, en definitiva, a todos aquellos
que carezcan de la valentía o el estómago necesario para asomarse a la realidad
que habita más allá de las cortinas del gran teatro de la vida. El resto, no os
la perdáis.