martes, 11 de noviembre de 2014

El patio inglés, de Gonzalo Garrido



El autor de Las flores de Baudelaire sorprende con una nueva obra que se separa radicalmente de su predecesora. Si la anterior fue una novela negra que profundizaba en la sociedad bilbaína de principios del siglo XX, en esta ocasión nos encontramos ante un texto intimista sobre la relación entre un padre y su hijo, un diálogo a medio camino entre la reflexión y el arrepentimiento que toma como punto de partida el intento de suicidio del hijo.
A base de líneas de una calidad narrativa indiscutible, Gonzalo Garrido nos invita a explorar los sentimientos de ambos personajes en una trama ligera y muy amena, alternando en una historia de amargura y soledad momentos de lucidez e incluso de humor negro que convierten la lectura en una experiencia muy placentera.
 El patio inglés es un interesante experimento, un salto al vacío con el que el autor consigue burlar la norma establecida y se consolida como un narrador de la vieja escuela. Una novela con una intensa carga de crítica social que elude los cánones de lo puramente comercial para tomar un sentido más Literario, con mayúsculas. Porque El patio inglés es literatura, no cabe duda, y de la buena. Un agradable paréntesis que todo amante de los libros disfrutará gracias a una historia profunda y compleja disfrazada de una aparente sencillez narrativa que conviene leer sin prisas, paladeando cada frase y reflexionando tras cada capítulo. 
Las flores de Baudelaire ya adelantaban que nos encontrábamos ante un autor sin complejos, y con El patio inglés Gonzalo Garrido refrenda lo que ya insinuó con su anterior novela: que todavía tiene mucho que decir.
Como diría Eduardo Mendoza, ¡Un hurra por el autor!

viernes, 17 de octubre de 2014

A vueltas con la portada...




La cuenta atrás para la publicación de mi tercera novela ya ha comenzado. A falta de confirmar la fecha de lanzamiento, sólo queda seleccionar la portada antes de dar el pistoletazo de salida a esta nueva aventura.
Todavía no puedo desvelar el título ni el argumento, aunque sí os puedo adelantar algo que me tiene ilusionado como un crío: el diseño de la portada correrá a cargo del genial ilustrador Arturo Redondo. Si queréis saber más de él, podéis visitar su blog y echar un vistazo a sus creaciones. ¡Es un artista!
Arturo ya diseñó la portada de la anterior novela que Quorum publicó en su colección de novela negra, la genial Lona de tinieblas de Rafael Marín, y si le echáis un ojo podréis haceros una idea de cómo será el diseño final de mi nuevo libro. Os dejo algunas muestras para que veáis que no exagero cuando digo que este hombre, con un lapiz en las manos, es capaz de crear auténticas maravillas.








 

jueves, 2 de octubre de 2014

Escritores y policias



      Hoy me gustaría hablar sobre los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad que han decidido dar el salto y escribir novela policiaca. Y es que no creo que haya nadie mejor para escribir sobre crímenes y maleantes que quienes conviven con ellos a diario, sabiendo a ciencia cierta de lo que hablan y sin dejarse contaminar por la realidad distorsionada que acostumbran a reflejar los libros, las películas y las series de ficción.
      No digo que no se pueda hacer, ojo. Es perfectamente lícito retorcer la realidad y adecuarla a la ficción si con eso se consigue un texto verosímil y un argumento de calidad, pero hay que reconocer que una buena trama gana muchos enteros si lo que se cuenta en ella sobre procedimiento policial es veraz y posible. La mejor historia, a mi entender, es aquella que más se asemeja a la realidad.
      Es el caso de Pere Cervantes, escritor y subinspector de policía en Castellón. Su última novela se titula No nos dejan ser niños (Ediciones B) y cuenta la investigación del asesinato de varias ancianas en la isla de Menorca. La protagonista, la agente María Médem, refleja de forma fiel la figura del investigador actual y su lucha diaria por separar su vida personal de la profesional. Una trama extremadamente realista y bien contada de un autor al que conviene no perder de vista.
        Y si hablamos de realismo no podemos dejar de citar a Esteban Navarro, agente de la policía nacional y autor de novelas como La casa de enfrente, Los fresones rojos y La noche de los peones, con la que vivió su momento dulce al ser seleccionado como finalista del Premio Nadal. Sus novelas se alejan del estereotipo del investigador de ficción y se centran en el trabajo policial crudo y duro, sin sacarse ningún conejo de la chistera ni engañar al lector en ningún momento. El propio Lorenzo Silva ha dicho de él que «Esteban Navarro sabe el terreno que pisa y lo cuenta como se debe, sin prestidigitaciones». Poco más se puede añadir.
      Otro investigador que ha decidido volcarse en la creación literaria es Rafa Melero, agente de los Mossos d’Esquadra y autor de La ira del Fénix, que publicó originalmente con la editorial Círculo Rojo y que ahora ha sido reeditada por Playa de Ákaba. Su experiencia como policía judicial le sirve para reflejar en sus escritos lo que siente un investigador cuando se sumerge en un caso difícil, contagiando al lector sus inquietudes y dudas. En unos meses publicará su segunda novela, La penitencia del alfil, de la mano de la editorial Alrevés.
      Son sólo tres ejemplos de autores que conjugan con gran acierto la investigación policial «real» con la novela negra más tenebrosa. Historias con una credibilidad inaudita porque sus autores, sin duda, saben de lo que escriben.

martes, 22 de abril de 2014

Sobre el rechazo editorial



A raíz de la reseña de la novela “El asesino de Pitágoras” que hice para el blog ¡A los libros! me he visto inmerso en varios debates sobre los parámetros que rigen el mundillo editorial y las decisiones tomadas por editores que, en ocasiones, apenas merecen llamarse así.
        Cada vez es más frecuente oír hablar de escritores que tras ver rechazado su manuscrito por docenas de editoriales deciden autopublicarse y consiguen un suculento volumen de ventas, llamando, esta vez sí, la atención de los grandes grupos editoriales. Véanse los casos de Amanda Hocking o John Locke, que vendió más de un millón de copias de su libro en Amazon, o de los españoles Bruno Nievas, Eloy Moreno o Fernando Gamboa, entre otros.

En esta tesitura surgen una serie de cuestiones imposibles de pasar por alto: ¿Qué llevó a todos esos editores a rechazar aquellos manuscritos? ¿De verdad ninguno supo ver el potencial de esas obras? ¿Alguno habrá sido despedido o habrá presentado su dimisión por dejar pasar semejantes oportunidades de negocio?
Cuando uno comienza a acumular cartas de rechazo, como es mi caso, resulta inevitable preguntarse si esas negativas se deben a motivos fundados o responden a otro tipo de criterio que poco tiene que ver con lo literario. Son muy pocos los editores que argumentan los motivos por los que rechazan un manuscrito (la mayoría directamente ni contestan). Algunos han confesado que no leen absolutamente nada que no les venga recomendado por un agente editorial, por otro escritor o, directamente, por un amigo.

Muchos culpan del declive de la industria editorial a la piratería, a la autoedición o a la irrupción del formato electrónico, pero hay mucho más. Ninguno de esos factores justifica que muchos buenos escritores se vean obligados a recurrir a la autoedición, o que obras de pésima calidad sean publicadas al amparo de grandes grupos editoriales.
Personalmente, empiezo a pensar que parte de culpa de lo que está pasando la tienen muchos editores que, desde hace años, no han sabido o no han querido hacer su trabajo. Tal vez deberían dejar de echarse las culpas unos a otros y empezar a hacer las cosas bien. No debemos olvidar que todos los grandes escritores han sido, en algún momento de su vida, novatos.